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martes, septiembre 09, 2014

Mujer suya.

Eres tan suya, aunque pareces tan tuya.
A veces me  pareces mía. Pero sólo cuando pienso los colores en ti, perdido en tus palabras, en tus ojos pequeños y tu sonrisa franca.
Porque eres suya y tuya. No mía y tuya. No nuestra. Ni en sueños.
Te miro cuando llegas, con tu figura que es como fuego, con tu rostro que es el imán de mis ojos y tu boca que sólo aumenta el hambre de esas horas reunidas.
 ¿Me dejarás leerte estas palabras ridículas una noche lluviosa como esta?
¿Calmarías la soledad germinal de mis desvelos gélidos?
A estas horas ya es tan tarde, que supongo que estás en los brazos tuyos, con las sonrisas suyas y esa seda de tu cabello y yo, yo mientras tanto me quedo en los recuerdos nuestros, de tu seda en mi cuello, a presión de un adiós enredado, de un abrazo tumultuoso, de tu perfume en mi mentón.

Abrázame de nuevo pero esta vez no me dejes ir. Sólo déjanos.

sábado, abril 19, 2014

Macondo tiene una pena.

Ahora si que se lo ha llevado el viento.
En un torrente de lágrimas se los ha llevado.
Porque Gabriel no está escribiendo.
Porque Gabriel nos ha dejado.

Se ha ido a ese lugar perdido y oculto, a ese mundo subterráneo que une Abya Yala desde las tierras del inuit a las del Kaweskar.

Allí esta Macondo, junto a la Ciudad de los Césares, y a El Dorado, entre Elelín y Trapalanda. Gabriel nos recalcó que tenemos una magia hermosa en las venas de nuestra sangre.

Macondo es tu pueblo, ese donde no conoces el nombre de nadie, si no sus apodos. Ese pueblo donde hay más bicicletas que automóviles, y que del techo de la escuela se descuelgan murciélagos adormilados en plena clase.

Es Macondo cada pueblo de cuyo nombre no queremos acordarnos, como en la Hispania lo es algún lugar de La Mancha.

A Gabriel lo conocí cuando era pequeño, porque mi padre había perdido en un cambio de casa su libro favorito, “El Coronel no tiene quien le escriba”. El título me llamó la atención y ya en vísperas del Día del Padre lo busqué en algunas librerías de libros usados hasta encontrar uno que se ajustase al peculio que suele administrar un rapaz de 10 años. Leí el libro sin entenderlo mucho.

Cuatro años más tarde, mi padre llega con su última adquisición: “Memorias de mis Putas Tristes”. Desocupado como estaba, y curioso como era, pensé quizás que el hecho de contener la palabra “Putas” en su título auguraría un contenido interesante. Sólo me equivoqué en  la conjetura. El libro era estupendo, envolvente y desde entonces comencé a leer a García Márquez y a enterarme de como sus libros fueron regalos de pololeo que cimentaron la relación de mis padres. Los leyeron juntos y comentaron durante tardes enteras. Sin embargo entre los libros de la biblioteca faltaba uno, que yo sabía que mi viejo atesoraba en Concepción y que llegó a mis manos cuando me correspondió leerlo para el colegio.

100 Años de Soledad marca una cuña en mi vida. Es toda la magia de los autores latinoamericanos en un sólo libro, que resume e identifica a la vida de una persona cualquiera, en cuanto a la Soledad intrínseca a cada persona e identidad, a lo curiosas que son las circunstancias, lo irreal que llega a ser la vida en los pueblos pequeños y aislados y lo poderoso que es el hado dentro de las familias. Ese libro me enseñó finalmente lo que era el realismo mágico, y como esa corriente literaria es la que más se asemeja a nuestra informe realidad.

Por eso, muchos años después, si el deber me arrastrase hasta enfrentar el pelotón de fusilamiento, recordaré aquella remota tarde en que mi padre me llevó a conocer 100 Años de soledad.

miércoles, marzo 19, 2014

Físicamente imposible.

Cierro los ojos un momento, y me parece sentir el frío pasto que acariciaba mi costado.
Pero los abro y ya no estás, sólo fuiste un color dentro de mis párpados.

Los abro y ya no siento la sombra de ese árbol misterioso que nos tapó del mundo.

¡Esto es como volverse a encontrar! ¡Pero las letras son frías!
¡Y que fría ha de sentirse tu piel contra mis labios!

Entonces respiro, para poder cerrar mis ventanas al mundo.
Para poder mirar las estrellas más viejas, las estrellas lejanas.
Las que nos cubrían y nos descubrían.
Las que nos descubrieron juntos.

Juntos, escondidos, antiguos, ocultos de las erróneas dimensiones de este mundo equivocado.
¡Por que las dimensiones son físicas! Y esto es tan espiritual...

Es tan espiritual que la física, celosa, nos ha traicionado.
Nos ha excedido en distancia.
Nos ha convertido el tiempo en escaso.

Y cual alquimista siniestra, convirtió cada momento en oro.

¿Y si la desafiamos?
Probemos cuanta tensión puede aguantar la atracción, antes que el roce la piel y el calor de los besos agote el electrizante voltaje de dos cuerpos fósiles.